Ganas de vivir, ganas de morir
por Felipe Muñoz Tirado - 2025
En 1918 el poeta peruano Cesar Vallejo escribía que hay golpes en la vida, tan fuertes, golpes que son pocos, pero que abren zanjas oscuras, incluso en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Golpes que, leyendo a Vallejo, nos cambian y transforman, experiencias que nos modifican y desbordan desde lo cotidiano hasta lo más profundo del entender, incluso, la vida.
Lectura que, desde ahí, desde el golpe, desde la transformación y desde el remecer de la vida, nos propone Macarena Peñaloza en su fotolibro “Ganas de vivir, ganas de morir”, publicación que provoca y que nos empapa de las experiencias más íntimas y efusivas tanto de su hermano, como de su propia vida, que casi como un journal, compartido y ficcionado, va recogiendo los recuerdos y las memorias del día a día, transitando entre la luz y la oscuridad.
A través de imágenes atrapadas como un rayo, la autora recorre a través de recuerdos la vida de su hermano, que al mismo tiempo se va entrecruzando con su propia experiencia ante la misiva de los hechos que anteceden a su muerte. Videos, registros familiares, cartas y dibujos, articulan la narrativa del momento, situaciones que aparecen y desaparecen como pequeños espasmos de imágenes mentales para irrumpir de forma inesperada.
Lectura que, desde ahí, desde el golpe, desde la transformación y desde el remecer de la vida, nos propone Macarena Peñaloza en su fotolibro “Ganas de vivir, ganas de morir”, publicación que provoca y que nos empapa de las experiencias más íntimas y efusivas tanto de su hermano, como de su propia vida, que casi como un journal, compartido y ficcionado, va recogiendo los recuerdos y las memorias del día a día, transitando entre la luz y la oscuridad.
A través de imágenes atrapadas como un rayo, la autora recorre a través de recuerdos la vida de su hermano, que al mismo tiempo se va entrecruzando con su propia experiencia ante la misiva de los hechos que anteceden a su muerte. Videos, registros familiares, cartas y dibujos, articulan la narrativa del momento, situaciones que aparecen y desaparecen como pequeños espasmos de imágenes mentales para irrumpir de forma inesperada.
El libro en sí mismo se experiencia desde la magnitud de la simpleza, un rememoramiento al objeto cotidiano de un cuaderno, tan frágil y versátil a la vez, capaz de contener y sostener momentos fundamentalmente personales, que en su perspectiva nostálgica se abre paso como recurso para resguardar el trayecto impredecible de la vida.
Es, en esa relación dinámica con el objeto, que las páginas se van desplegando cinematográficamente, con un paisaje casi contemplativo, para luego enfrentarnos a la mirada, y ahí, de lleno, el dolor que se despliega de golpe, pero no de forma evidente. Porque son las páginas las que nos hablan de esa caída que también relató Vallejo en su poema Los Heraldos Negros, esa que recogen la historia de la humanidad, y que se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Es, en esa relación dinámica con el objeto, que las páginas se van desplegando cinematográficamente, con un paisaje casi contemplativo, para luego enfrentarnos a la mirada, y ahí, de lleno, el dolor que se despliega de golpe, pero no de forma evidente. Porque son las páginas las que nos hablan de esa caída que también relató Vallejo en su poema Los Heraldos Negros, esa que recogen la historia de la humanidad, y que se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Fotografías
Macarena peñaloza
Publicado por
Tacto
Edición
Catalina juger
Diseño
Aribel González


