Juvenal Munizaga

“Existe en un centralismo bestial que no nos permite generar nuestras propias narrativas”

por Axel Indey - 2021
Juvenal Munizaga entró a la fotografía desde el periodismo. Corría el año 2011 y el movimiento estudiantil ganaba protagonismo en los medios de comunicación a través de manifestaciones masivas que ponían en jaque el primer gobierno de Sebastián Piñera. Todo este proceso fue capturado por el lente de Juvenal, que en ese entonces cubría las manifestaciones desde una óptica puramente periodística. Fue al año siguiente, mientras cursaba un taller de narración fotográfica, cuando por primera vez se abrieron frente a él las múltiples posibilidades que ofrecía la fotografía.

“Yo venía desde el fotoperiodismo, me quería dedicar a eso, pero en el taller empecé a descubrir otras formas de documentar. Eso fue súper revelador y me marcó como fotógrafo”, sostiene Juvenal en conversación con Letargo Revista. Munizaga asegura que para él era impensado estudiar fotografía a principios de los 2000, cuando ingresó a la carrera de periodismo. Fue ese primer taller el que le abrió las puertas para sumergirse de lleno en el área artística: luego vinieron estudios en Estética y más tarde en Antropología Visual, ambos fuera de la región en la que había vivido toda su vida.

A pesar de haber pasado algunos años en Santiago y Barcelona, Juvenal decidió volver a la región de Coquimbo en busca de una conexión con el entorno que no encontró en otros lugares. “He visitado otras ciudades y países y es súper entretenido hacer fotos, pero cuando estoy aquí me siento arraigado de otra manera”, asegura el fotógrafo. “La tierra igual tiene algo de sentido en mí, el territorio te moldea en muchos aspectos, incluso estéticos. Existe en un centralismo bestial que no nos permite generar nuestras propias narrativas y yo me siento en un espacio de resistencia local”.

Juvenal volvió a Chile en plena pandemia, una instancia que aprovechó para depurar el proyecto que se transformaría en su primer fotolibro, Fosfeno, el cual describe como “una ficción de una infancia que se desvanece”.

¿Cómo nace Fosfeno? ¿Cuál es el hilo conductor detrás de este fotolibro?

“Fosfeno nace de un espacio de nostalgia y tristeza, de agarrarme de la cámara como un salvavidas. Hubo una cámara análoga que conseguí una vez, una Canonet 28, que era muy poco precisa, pero en esa poca precisión me sentí muy a gusto, empecé a descubrir cosas en los negativos y a descubrir elementos que escapaban a mi control. Para mí lo digital era mucho eso: tener el control de todo, y acá había una total incertidumbre. Es interesante porque gran parte del material que conforma Fosfeno viene de esos primeros años en los que había más errores y menos conocimiento de lo analógico. Y creo que eso también le da esa forma infantil de ver las cosas, creo que este trabajo es como el trabajo de un niño fotografiando”.
Hoy estamos en una época en que los fotógrafos publican su trabajo en redes sociales y muchas veces este contenido se hunde en la marea de información. ¿Qué viene a aportar la publicación física un fotolibro en este contexto?

“Yo tengo un amor eterno por la materialidad, y creo que eso también tiene que ver con el hacer fotografía análoga: el poder encontrarte con lo físico. El fotolibro es un formato que a mí me parece muy hermoso, desde el tocarlo hasta el mirar las imágenes, y creo que es otra forma de relacionarse con lo visual y entrar a espacios de reflexión que muchas veces en las fotos digitales se pasan de largo. Cuando están en esta materialidad uno puede entrar y mirar y encontrarse con elementos que uno mismo no vio en su momento. También me parece muy interesante la posibilidad de tomar un conjunto de fotografías aleatorias y generar una narrativa única y concisa, con fuerza y forma. Esta fuerza que tiene el fotolibro me lleva a espacios de mucha tranquilidad”.

¿Cómo describirías el trabajo fotográfico que compone Fosfeno?

Es un trabajo fotográfico que actúa desde el borde. Su lugar es la periferia, estos espacios casi saliendo del cuadro, que para mí son lugares de resistencia y reflexión. Mi fotografía está en este espacio insalvable (…) Estas fotos siento que están en la cornisa del olvido, son fotos que habitan en una cornisa casi insalvable de la memoria y que si pasa un día más esos recuerdos van a desaparecer para siempre”.
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