Hugo Ángel: “La imagen tiene sus propias reglas y sus propias lógicas, si uno no sabe leerlas está a merced de ellas”

por Axel Indey - 2021
Hugo Ángel nació en 1971, pero sus ojos no se abrieron realmente hasta principios de los años noventa. Fue en ese entonces, mientras cursaba los primeros años de la carrera de psicología, cuando el fotógrafo Claudio Pérez lo invitó a un viaje a Andacollo para participar en un proyecto de fotografía documental. Hoy Hugo Ángel recuerda ese viaje como su primera escuela, el lugar y momento exactos donde comenzó a desarrollar el estilo que caracteriza sus imágenes hasta el día de hoy.

Treinta años después de ese primer acercamiento a la fotografía, Hugo Ángel tiene un trabajo ya consolidado en materia de fotografía documental. Para el artista santiaguino, la realidad es tan solo un punto de partida, una materia prima desde la cual se desprenden y ramifican las más diversas narraciones. Y es que son las historias, tanto de lugares como de las personas que los habitan, las que están en el centro de la obra fotográfica de Hugo Ángel.

“Me interesa la fotografía sobre todo por su aspecto narrativo”, asegura el autor. “Siempre parto en la realidad, pero a partir de la realidad uno construye un relato, un desarrollo en el que uno va colocando los temas que le interesan. Me interesan mucho los temas que tratan del poder, de ciertas realidades un poco más veladas. Me interesa develar y visibilizar estos mundos y darles un sentido narrativo”.

Tu último trabajo, Asociación Ilícita, rescata precisamente el rol de la marginalidad y de los discursos invisibilizados como eje del modelo neoliberal, ¿cómo nace este proyecto y qué relevancia tiene en el contexto político actual?

Este proyecto se realizó en el edificio La Perrera, un lugar con características muy carcelarias, pero con una luz preciosa. Eso me dio la idea de hacer un trabajo sobre personas ilícitas desde el punto de vista del poder, ilícitas de acuerdo a la mirada inquisidora de las instituciones y del Estado: personas de la calle, anarquistas, disidencias sexuales, inmigrantes. Es un proyecto bien político y tiene harto que ver con este momento crucial en que nos encontramos hoy.

Asociación Ilícita ataca al núcleo de donde se generan estos discursos alienantes, que tratan a los otros discursos como algo subalterno y los ponen en una posición inferior. El modelo quiere que todo sea homogéneo, que todo sea igual, hay un temor a la diferencia. Las imágenes tienen una carga ideológica sean de donde sean, ya vengan de la publicidad o de los monumentos, y este proyecto busca exponer a personas que están en una condición de subexposición y, a través del ritual fotográfico, sacarlos a la luz.

En este trabajo existen retratos muy íntimos de los sujetos fotografiados, ¿cómo fue el proceso de acercamiento a estas personas?

Yo tenía una entrevista previa con la mayoría de las personas, conversaba e investigaba sobre su vida y les daba un espacio para que propusieran cómo querían ser retratados, ideas de aspectos o elementos que pudieran aportar al relato o a la imagen. Yo siempre le digo a mis alumnos que lo fotográfico viene después de la relación humana, primero tienes que interesarte genuinamente en las personas que están ahí.
En todo retrato hay una desnudez, un espacio de intimidad muy fuerte. En los mismos retratos de este libro hay miradas que te interpelan, te preguntan. Pero hay que sacarse la mochila del ego, las creencias y entrar de una manera totalmente desprejuiciada. Lo demás fluye. Esa es la forma que tengo, no conozco otra.

¿De dónde viene la decisión estética de fotografiarlo en blanco y negro?

El blanco y negro es un lenguaje en el que me siento cómodo. Es mucho más minimalista desde el punto de vista de la construcción fotográfica, el trabajo con los claroscuros, la composición… lo tengo muy asimilado. Es un espacio que me gusta mucho, especialmente por el dramatismo que puede dar a la imagen o la abstracción que genera. El blanco y negro es mucho más sobrio, va directo al contenido y se sale de otras cosas más accesorias.

Tú te dedicas también a la investigación y a la docencia, ¿tienes alguna reflexión acerca de las nuevas generaciones que se están formando en el ámbito fotográfico?

Yo veo una nueva piel, mucha diversidad de propuestas bien atractivas. Y la docencia es un espacio en el que yo también aprendo mucho de los alumnos, es un espacio vital de intercambio.

Al final la fotografía tiene un tiempo de producción y un tiempo de reflexión. Y para mí es complementario también la parte de comunicar y socializar lo que uno hace, intercambiar con otros. Claro, faltan a veces espacios de diálogo, discusión y crítica de obras. Los festivales tienen un rol súper importante hoy día, y también el auge que han tenido los fotolibros: propuestas independientes y autogestionadas. Uno de los problemas que tienen las generaciones nuevas es que les cuesta encontrar esos espacios para visibilizar sus propuestas y trabajos.

¿Es un problema de falta de espacios o de falta de audiencia?

También falta formar públicos que puedan apreciar la fotografía y los fotolibros, porque generalmente los fotolibros los compramos los mismos fotógrafos. Falta generar una audiencia más amplia. Falta educación visual, que ya no se enseñe solo el logos, sino también la imagen. La imagen es un espacio de comunicación que tiene sus propias reglas y sus propias lógicas. Hoy día vivimos rodeados de imágenes pero no sabemos leerlas, decodificarlas, entonces nos abruman. Y las imágenes tienen intención y un poder, y si uno no sabe leerlas está a merced de ellas.
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