Felipe Díaz

La nostalgia del color

por Axel Indey - 2021
Felipe Díaz descubrió tarde su vocación por la fotografía. Había experimentado con un par de cámaras desde la adolescencia, precarios objetos que llegaron casi de rebote a sus manos inexpertas. No fue hasta que ingresó a la carrera de arquitectura que comenzó a notar dentro de él un interés por las imágenes, una curiosidad creciente por los espacios y las relaciones que surgen entre éstos y los individuos que los habitan.

Hoy Felipe Díaz tiene 35 años. Santiaguino de nacimiento y trayectoria, el fotógrafo asegura que su trabajo se encuentra en gran medida influenciado por haber habitado toda su vida en un entorno urbano. Y, a pesar de que la arquitectura ya forma parte de su pasado, fue durante esos años de formación cuando Díaz comenzó a reflexionar por primera vez sobre la manera en que nos relacionamos con los espacios y los objetos.

Las imágenes de Díaz son también una forma de rebelarse contra esa primera educación. Ante la grandilocuencia de la arquitectura, frente a las envergaduras espaciales que ésta maneja, el fotógrafo retrocede hacia lo simple y se refugia en los pequeños detalles que ofrece el espacio, en las emociones que éstos evocan y, sobre todo, en las personas. Para Díaz, los espacios hablan siempre de las personas que los habitan.

“Un elemento que une todas mis fotos es la gente. Los espacios también los abordo desde las personas; cuando veo un lugar me evoca cosas de alguien. Los lugares hablan de presencias y ausencias. Los objetos nunca están carentes de la existencia de otros”, sostiene el artista en conversación con Letargo Revista.

Felipe señala que muchas veces la fotografía es una excusa para acercarse a una persona y sumarla a su vida. Es el interés por las experiencias vitales lo que se mueve detrás de sus imágenes: ya sea en el retrato sencillo de un artista o en una serie sobre talleres de artesanos abandonados producto de la pandemia, el ojo de Díaz se detiene en aquellos pequeños detalles que revelan el existir de los otros en su cotidianidad.

En general, Díaz evita conceptualizar mucho sobre su obra. Salvo un par de talleres, todo su conocimiento sobre fotografía lo ha adquirido por cuenta propia, a través de la práctica, el estudio autónomo y las relaciones con su entorno.

“El mundo de la fotografía tiene mucho de teórico, mucho del motivo fotográfico. Yo soy más desordenado, me fluye de otra forma, pero sí trato de ser mateo y meterme de lleno en los procesos. Para mí hacer fotos es una necesidad, consumo muchas imágenes y trato de generar las mías propias constantemente”.

Díaz dice valorar más el proceso que el resultado final de la fotografía. Por esta misma razón se mudó al análogo luego de años trabajando en digital. No se trata tanto de un motivo estético como de una necesidad psicológica: en su acelerada existencia cotidiana, la espera que impone el revelado y la reflexión necesaria para aprovechar el rollo lo devuelven al presente y a su entorno inmediato.

Un aspecto de su trabajo que Díaz sí insiste en explicitar es la importancia que tienen para él los colores. Para el artista santiaguino, los colores cargan a la imagen de una familiaridad que profundiza su impacto emocional en el observador.

“Siento que muchas veces el blanco y negro tiñe las cosas de una nostalgia innecesaria. Es además un lenguaje en el que uno no percibe la realidad, así que se vuelve atractivo de inmediato. Para mí el color es muy importante porque nosotros vemos en color, entonces la nostalgia se nota más porque uno está esperando del color otra cosa”.

Hoy Díaz se encuentra trabajando en varios proyectos en paralelo, entre los que se cuentan una serie sobre artesanos de la vieja escuela y retratos a personas ligadas al mundo del arte. Por detrás corre aquella sed de conocimientos y de experiencias de vida que intenta saciar a través del ojo de la cámara, presionando un obturador que en gran medida es solo el gatillo para una conversación distendida con aquellos que componen y amplían su paisaje personal.
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